Sócrates: conócete a ti mismo

Sócrates, el filósofo griego maestro de Platón e interlocutor en sus diálogos, vivió en Atenas entre los siglo V y IV a. de C. Poco se conoce de su biografía antes de ser viejo y filósofo. Se sabe que fue militar, o al menos que participó contra los Persas en la Batalla de Marathon cuando contaba unos veinte años, de modo que nació alrededor del 470 a. de C. Al parecer, Sócrates provenía de una familia acomodada en la que el padre era escultor y la madre comadrona. Muchos autores piensan que estos datos biográficos se corresponden con un ciudadano griego ideal, alguien demasiado perfecto como para haber existido de verdad y quizá resulte que Sócrates sólo sea un personaje creado por Platón. De esta forma, es difícil separar en los diálogos platónicos el pensamiento de uno y del otro. A esto podemos añadir que Sócrates no fundo ninguna escuela como era lo acostumbrado en un pensador de su tiempo y tampoco escribió ni una sola línea, al menos que se sepa; curiosamente no nos han quedado ninguna de sus obras ni tampoco referencia a ellas que otros autores a lo largo de la Antigüedad hubieran referido o leído. Sea como sea, sí podemos asegurar que el pensamiento de Sócrates tiene un rigor propio de un autor independiente. Así, podemos decir brevemente aquí que en tiempos de su juventud estaba en boga el estudio la naturaleza, o en griego de la phisys. Empédocles de Agriento, Diógenes de Apolonia o Anaxágoras se dedicaron a investigar sobre la naturaleza, el cosmos, el ser… Pero en la primera mitad del siglo IV se dio un giro hacía la especulación sobre lo humano. Si hasta entonces en filosofía la pregunta se habían encaminado hacía el conocimiento el cosmos (cosmos es griego es orden, universo) ahora las preocupaciones giraban en torno al ser humano, a la ética, la moral, la política…

En este sentido y según algunos autores de la antigüedad como Diógenes Laercio, Sócrates pasó la última parte de su vida preguntando a los atenienses qué era la virtud o que significaba ser bueno, valiente… Tal vez se encontraba con un famoso general y en mitad del ágora le preguntaba qué significaba para él, que en tantas batallas había salido victorioso, ser valiente. Quizá el general le contestaba afirmando que ser valiente era avanzar siempre hacía adelante aunque el enemigo estuviera muy cerca. Sócrates respondería entonces que eso no puede ser del todo cierto, porque aquél general por todos recordado retrocedió con sus tropas para ganar una importante batalla. Reconociendo ese hecho histórico, el general añadía decía que ser valiente era no temer a la muerte. Sócrates, ya rodeados de una muchedumbre, contestaba que no temer a la muerte era quizá un rasgo te temeridad no de valentía; un hombre muerto no puede servir a su Estado ni a su ejercito. De esta forma el general había de reconocer que no sabía qué era ser un valiente, a lo que Sócrates —recordemos, famoso por su «sólo sé que no sé nada»— añadía que él tampoco lo sabía pero que había que seguir investigando. Rechanzando el relativismo que habían propuesto los sofistas (otra escuela de pensamiento, Sócrates buscaba definiciones universales mediante ese método inductivo de preguntas y respuestas.

Probablemente,  la búsqueda de esas definiciones no tenía una intención teórica, sino más bien práctica y a este tipo de preguntas bien enfocadas y destinadas a esclarecer la verdad Sócrates lo llamó mayéutica, que en griego significa dar a luz, parir. Así, decía que tenía el mismo oficio que su madre, o sea, ayudar a partir; pero en vez de hijos ayudaba a parir realidades o verdades. Suponemos que eso le granjeó muchos enemigos en Atenas que al final consiguieron llevarle a los tribunales y fue condenarle a beber cicuta en su sentencia de muerte acusado de corromper a los jóvenes y de no venerar a los Dioses de la Ciudad.

Esta práctica socrática, la mayéutica, efectivamente, está muy emparentada con el coaching (aunque esperemos que ningún coach sea por ello condenado a muerte). El coaching es una actividad que, asistida por preguntas busca optimizar y mejorar personas a través de la reflexión. Se trata de llegar a lugares donde la persona que se somete no sabía ni siquiera que existían. En el dialogo platónico «Menón», Sócrates interroga a un esclavo ágrafo, el esclavo de su amigo Menón, alguien totalmente analfabeto hasta hacerle expresar un teorema matemático del que jamás había tenido noticia. Lo que Platón pretende con el diálogo es demostrar que el conocimiento preexiste a la existencia del esclavo porque su alma estuvo antes de nacer en el Mundo de las Ideas. A nosotros eso aquí nos da igual. Lo importante es que el esclavo consigue expresar el teorema gracias a las preguntas del viejo Sócrates. En un gran mérito que hay que otorgar a Sócrates y no al esclavo, y todo ello gracias a la mayéutica, o dicho en términos del siglo XXI al coaching.